Guatavita era el nombre de uno de los más poderosos caciques muiscas, cuya esposa principal fue sorprendida por él mismo en flagrante delito de adulterio. El cacique hizo matar a su rival y obligó a su esposa a comer en público el corazón asado de su amante. Asustada, la cacica tomó en brazos a su hija y huyó hasta laguna de Guatavita donde se arrojó.
El cacique, arrepentido, pidió a un sacerdote que rescatara a su mujer y a su hija con sus poderes mágicos. Pero todo fue inútil. La cacica entonces se convirtió en la diosa tutelar de la laguna a quien los muiscas, supremos cultores del agua desde los albores mismos de su civilización, transformaron en un adoratorio de cuatro kilómetros de circunferencia, 400 metros de diámetro y 20 metros de profundidad a una altura de 3.199 metros sobre el nivel del mar, en donde, por medio de los sacerdotes o chuques, tributaban permanentes ofrendas a la diosa tutelar, quien, en forma de serpiente, de tiempo en tiempo salía a la superficie para recordarle a la gente la necesidad de plegarias, para renovarles su fé en fín, para exigirles sacrificios y exvotos de toda especie.
Las ofrendas se hacían, por lo general, en figurillas de oro, traídas por los creyentes y entregadas al sumo sacerdote para que este, a su vez, sirviera de intermediario ante la diosa acuática, lo que hacía en medio de complicada liturgia, para después arrojarlas al seno de la laguna, donde moraba la diosa quien, satisfecha con las plegarias y ofrendas, aplacaba su cólera, otorgaba perdón, era generosa con quienes la veneraban... Este notable suceso posteriormente diaria origen a la ceremonia religiosa y política, conocida, desde la colonia hasta hoy, como la leyenda de El Dorado.