La orfebrería entre los muiscas tuvo singular importancia.
Los orfebres vivían apartados de la comunidad, consumían coca y tabaco y participaban de ceremonias de adivinación.
La orfebrería muisca se sustentaba en el intercambio.
Los indígenas del altiplano carecían de yacimientos de oro y debían obtener el metal de los panches y muzos, hábiles explotadores del metal en sus respectivos territorios.
Los muiscas habían desarrollado dos centros dedicados a la elaboración de ofrendas de oro: Guatavita, al sur, y Saquencipá, al norte. Paralelamente, en numerosos lugares como Pasca, Lenguazaque, Sopó, Tunja, Duitama y Sogamosos se llevaba a cabo una producción intensiva de adornos hechos de metal: cuentas de collar, pectorales, diademas, orejeras y narigueras. Por lo general la elaboración de ofrendas de oro estaba orientada a la fundición de piezas antropomorfas y zoomorfas, popularmente denominada " tunjos", que imitaban a guerreros, sacerdotes, prisioneros de guerra o agricultores, así como a felinos y serpientes.
Cestos, mochilas, hamacas, vasijas de cerámica y herramientas de trabajo fueron otros motivos trabajados por ellos.
La orfebrería misca, debido al énfasis que puso en la fabricación de ofrendas, posee un carácter muy propio, difícil de asimilar a cualquier otra tradición orfebre de Colombia.
Sin embargo, entre los adornos que hacían los muiscas sobresalen algunos que ostentan ciertos vínculos con los de Panmá, la región sinú y la Sierra Nevada de Santa Marta.
En el altiplano, por ejemplo los orfebres elaboraban pectorales circulares o, en forma de aves con alas desplegadas, así como diversas clases de narigueras parecidas a las que hacían los artesanos de aquellas regiones.
Algunos de estos artículos gozaban de una amplia aceptación en los territorios vecinos. Los orfebres de Guatavita se constituyeron en tradicionales abastecedores de piezas para los guanes de Santander y los laches de la Sierra Nevada del Cocuy.
La tarea de fundir tunjos se efectuaba bajo la supervisión de los sacerdotes o "cheques", quienes, luego de consumir sustancias alucinógenas, los ofrecían en los santuarios.
Comúnmente cada ofrenda consistía en un conjunto de piezas, no necesariamente metálicas en su totalidad, en las que se repetía una misma idea básica asociada a una rogativa específica.
Con frecuencia las piezas se depositaban en ofrendatorios antropomorfos de barro que representaban caciques o chuques con sus insignias de mando, pero totalmente desnudos, tal y como según las crónicas españolas- los indígenas hacían sus ofrendas.
Estos ofrendatarios se colocaban en los bohíos santuarios o "casas de plumería", ubicadas en los páramos o en el fondo de las lagunas de tierra fría, considerados por los muiscas como lugares sagrados.
En centros ceremoniales se congregaba periódicamente la población para rituales donde el oro cumplía un papel fundamental.
Figurinas pequeñas y toscas, elaboradas por especialistas, que representaban seres humanos, animales y escenas de la vida política y social eran depositadas como ofrendas en templos, cuevas y lagunas sagradas.